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Mafia, pizzas, volcanes activos… todo esto es sinónimo de Sicilia, pero también alberga una enorme cantidad de tesoros culturales y una gastronomía que quita el sentido. Os relato a continuación nuestro roadtrip de 10 días para que os sirva de orientación si decidís visitar esta gran isla mediterránea, andiamo!!

Días 1-2

El tráfico de Palermo es irritante e inseguro para los que no estamos acostumbrados al caos (me río yo de la M-30 en hora punta…), recuerda un poco a Marrakech, afortunadamente apenas pasamos de puntillas por allí, puesto que nos dirigimos a la pequeña población de Enna, donde pararemos a contemplar las bellas vistas de la isla desde sus 931 metros sobre el nivel del mar.

La ciudad dispone de importantes vestigios arquitectónicos como el Castillo de Lombardía, y  Sobre un promontorio cercano se halla la Rocca di Cerere, cuna del culto a la Diosa Ceres del que sólo se conservan las bases. También destacan el teatro Piazzale delle Armi, el teatro al aire libre a mayor altura de Sicilia y la Catedral, destruída tras un grave incendio en 1446 y de la que tan sólo conserva el ábside original.

Tras un agradable paseo nos dirigimos a Ragusa, que forma parte del lugar denominado “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” dividido en dos partes separadas por un valle: Ragusa Superiore, y Ragusa Ibla.

El principal monumento de Ragusa Superiore es la Catedral de San Giovanni Battista.  El actual edificio se construyó entre 1718 y 1778, con una fachada de estilo barroco tardío puro y muchas tallas y esculturas. En el lado izquierdo de la Catedral se encuentra el campanario que mide unos 50 metros.

Otro destacable es la catedral de San Giorgio, construida a partir del año 1738 en sustitución del templo destruido por el terremoto de 1693, del que sólo queda un pórtico de estilo gótico. La fachada se caracteriza por un tramo de 250 escalones, unas columnas ornamentadas, estatuas de santos y pórticos decorados.

En Ragusa Ibla se encuentra la iglesia de Santa Maria delle Scale, construida entre el siglo XV y el XVI. Esta iglesia es interesante ya que en ella conviven 2 estilos muy diferenciados: al resultar muy dañada durante el terremoto de 1693, la mitad fue reconstruida en estilo barroco, mientras que la mitad superviviente se mantuvo en el gótico original.

Después de callejear y empacharnos de arquitectura barroca, descansamos un rato en el Jardín Ibleo, un pequeño oasis en cuyo interior se encuentra una pequeña iglesia.

A 20km de Ragusa se encuentra nuestro penúltimo destino del día, Modica. Fue prácticamente reconstruida tras los terremotos de 1613 y 1693 y de ahí ese aspecto tardo-barroco que refleja su arquitectura. Apenas quedan restos de la ciudad anterior, como la portada gótica de la Iglesia del Carmine, las ruinas de la Iglesia de Santa María del Jesús, la Capilla del Sacramento (siglo XV) o la iglesia de S.Niccolò Inferior (s.XII).

Sin embargo lo que más impresiona es su duomo (la catedral de San Giorgio), situado en medio del centro histórico y al que se accede tras una interminable escalinata. Una vez arriba se olvidan esos 260 escalones, puesto que la belleza de su fachada hace que merezca la pena el esfuerzo.

Luego está la iglesia de San Pietro, el edificio religioso más importante después de la catedral de San Giorgio. La iglesia se caracteriza por una impresionante escalera donde se pueden ver doce estatuas de los apóstoles colocadas en pedestales que parecen acompañar a los visitantes del edificio.

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Encaminamos nuestros pasos hacia Noto, donde haremos noche, una ciudad donde abunda el derroche de adornos, curvas y barroquismo y una de las que me gustó del viaje sin duda. Al igual que las anteriores, tuvo que renacer prácticamente de cero a raíz del terremoto de 1693, dando lugar a un conjunto de edificios a cada cual más complicado y espectacular.

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La Porta Reale, sencilla en comparación al resto de monumentos, nos da la bienvenida al casco histórico. Una vez en su interior, nos toparemos con maravillas como la catedral de San Nicolò, el Palacio Ducezio (actual ayuntamiento), el convento de Salvatore, la iglesia de San Francesco d’Assisi all’Immacolata, Santa Chiara, San Carlos Borromeo, el Teatro Municipal o el Palacio Trigona.

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Entre Noto y Siracusa recalamos en Calamosche, la playa más famosa de la Reserva Vendicari. Es una pequeña cala de arena flanqueada por dos grandes promontorios de roca a cada lado que frenan las corrientes, por lo que mar está tranquilo y cristalino. Nosotros hicimos este viaje entre finales de julio y principios de agosto, por lo que estaba llena hasta la bandera y pisar la arena era un tormento de lo caliente que estaba, además de que corría nada de brisa… eso sí, el agua estaba divina (el trocito en el que se podía estar…).

Allí dentro no hay ningún tipo de servicio, por lo que no os olvidéis de llevar agua, comida o cualquier otra cosa que luego podáis echar en falta. Para acceder hay que dejar el coche en el parking, que cuesta 3 euros por todo el día y dispone de duchas, luego hay que recorrer a pie un camino de tierra durante unos 45 mins.

Días 3-4

Tras un empacho de barroquismo nos dirigimos hacia otra perla de Sicilia: Siracusa. Esta fascinante ciudad fue fundada en el 734 a.C. se extiende a lo largo del mar junto a la isla de Ortigia, unida a tierra firme por un puente.

Lo más destacable es el Parco Archeologico della Neapolis, la zona arqueológica más importante de la ciudad donde se pueden ver el Teatro Griego (uno de los mejor conservados del mundo y aún activo), las ruinas del Anfiteatro Romano, el altar de Hierón II (un túmulo de piedra donde se sacrificaban hasta 400 toros en honor de Zeus), las Latomías y la Oreja de Dionisio. El precio de la entrada es de 10€ por persona.

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Las latomías son las canteras de donde se sacaban las piedras para todas estas construcciones excavando grandes cuevas artificiales y la más conocida es la llamada Oreja de Dionisio. Fue el pintor Caravaggio quien le dio ese nombre en 1586 haciendo referencia al tirano Dionisio I de Siracusa. Según la leyenda, éste usó la cueva como prisión para los disidentes, y por medio de su perfecta acústica escuchaba a escondidas los planes y secretos de sus cautivos. Otra leyenda espantosa afirma que Dionisio excavó la cueva con esa forma para amplificar los gritos de los prisioneros cuando eran torturados.

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La siguiente parada es el edificio más imponente y de diseño más polémico de Siracusa: el santuario de la Virgen de las Lágrimas (Santuario della Madonna delle Lacrime). Con sus 80 metros de altura destaca en el paisaje siciliano, aunque su aspecto causa rechazo por parte de la comunidad siciliana. (Y he de decir que personalmente me espanta…) Fue erigida para conmemorar un “milagro” reciente: el de una figura de yeso del Corazón Inmaculado de María que colgaba encima de la cama de un humilde matrimonio, y que derramó lágrimas durante cuatro días en 1953. A escasos metros de allí están las catacumbas de San Giovanni Evangelista, que también merecen una visitilla.

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Después cruzaremos el puente Umbertino para llegar a Ortigia y patear sus callejuelas. A pesar de que tiene tan sólo 0,5 kilómetros cuadrados, la isla está repleta de lugares fascinantes y está flanqueada por dos puertos: el puerto Pequeño o Lakkios y el puerto Grande. Cerca de allí nos encontramos con las ruinas del templo de Apolo, el templo dórico más antiguo de Sicilia, el cual sufrió varias transformaciones a lo largo del tiempo: iglesia bizantina, mezquita árabe e incluso fue una basílica normanda.

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Nos adentramos hasta la Piazza Archimede, rodeada de elegantes mansiones barrocas y en cuyo centro se alza la Fontana di Diana. Creada en 1907, sus estatuas representan la historia de la ninfa Aretusa, quien pidió ayuda a Diana (representada con un arco y un perro) para librarse de la persecución de Alfeo, el dios de los ríos.

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Caminando en dirección sur nos encontramos con la Piazza del Duomo, dominada por su impresionante catedral barroca. Su portada rococó contrasta con su sobrio interior, cuya nave aún mantiene las columnas dóricas del antiguo templo de Atenea del s. V sobre el que fue construida. Su aspecto por la noche toma una belleza especial, con una iluminación que resalta aún más sus complicadas formas. Os recomiendo sentaros en sus escaleras un rato a disfrutar del ambiente de las cafeterías que la rodean tomando un buen gelato.

Continuando con el paseo nocturno nos topamos con la espectacular Fonte Aretusa, uno de los monumentos más hermosos de la ciudad. Tiene una forma circular doble con una estructura circular en el interior, que es un círculo concéntrico doble.

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A lo largo del tiempo ha sufrido diferentes modificaciones. En el siglo XVI se dividió en varias corrientes utilizadas para curtir cuero, cuyos arroyos formaban un lago de unos 200 m de diámetro. En 1540, la fuente se incorporó a las fortificaciones militares de Ortigia, para ser liberado en 1847 cuando el crecimiento excesivo asumió su forma actual. El mirador que está al lado de la fuente es lo que queda del antiguo bastión, demolido en la segunda mitad del siglo XIX. Lo más curioso de todo es que en su interior crecen dos tipos de papiros: el papiro de Siracusa y el de Fiumefreddo, únicos árboles de papiro en Europa .

Desde la Via Castello Euralio llegamos a las puertas del Castello Maniace. Pese a que actualmente está cerrado a las visitas por pertenecer al patrimonio militar, nos acercamos hasta a sus murallas para observar la panorámica de Siracusa desde Ortigia. La fortaleza tiene una estructura de cuadrilátero de 51 metros por unos 12 m de altura, y su apariencia es severa debido a su propósito defensivo.

Días 5-6

Nuestro siguiente destino es Giardini Naxos, pero antes hacemos una breve parada en Aci Castello, un pequeño centro agrícola y pesquero de 18.000 habitantes situado a 8,7 Km de Catania. En verano se llena de turistas gracias a sus playas de roca lávica, que sirven de plataforma para que los bañistas tomen el sol. El nombre de este pueblo deriva del castillo normando que hay situado en la cima de una roca de basalto que surge del mar, denominada Acis-Castellum en la época de los romanos.

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Fue usado como puesto de vigilancia debido a su posición estratégica que permite divisar las embarcaciones procedentes de Mesina. La actual estructura del castillo que data del siglo XI, cuando los normandos conquistaron la isla. A finales de ese siglo se concede la posesión del castillo de Aci Castello al obispo de Catania, que recibe en el 1126 las reliquias de Santa Ágata.

Y después de este alto en el camino llegamos a Giardini Naxos, una localidad balnearia situada a apenas 5 km de Taormina donde haremos noche para al día siguiente enfrentarnos al Etna. Al no contar con tanta fama turística como Taormina es perfecto para alojarse si no os gustan las aglomeraciones.

El pueblo en sí tiene mucho encanto, las casas no suelen tener más de dos pisos y casi todo el pueblo tiene vistas al mar. Y a unos pocos kilómetros podemos visitar la Gola Dell´Alcàntara, un conjunto de barrancos formado por rocas gigantes y retorcidas que fueron creadas por magma. Pero lo mejor de este pueblo son sin duda sus atardeceres.

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Al día siguiente madrugamos  para acometer la subida al monte Etna, el volcán activo más grande de Europa y un imprescindible si se visita Sicilia. La erupción de 1669 arrasó y cambió el perfil de la isla, y cada tres años más o menos nos avisa de que sigue ahí.
Al volcán se puede ascender desde dos lados: noreste y sur. El más fácil es el último, siguiendo los carteles en dirección Etna Sud hasta desviarse en Nicolosi y ascendiendo hasta el refugio Sapienza, donde se deja el coche y sale un teleférico que nos deja a 2.500 metros de altitud. La subida se divide en dos tramos: en el primero, se puede subir haciendo trekking (como hicimos nosotros) o en el teleférico “Funivia dell’Etna” pagando unos 60€. Si decidís hacer como nosotros y ahorraros el dinerillo he de deciros que no es fácil, puesto que el suelo es arenoso, en tramos con piedrecita suelas que resbalan y dificultan bastante el avance.
El segundo tramo va desde la zona del teleférico hasta el llamado refugio de la Torre del Filósofo (2.920 metros), bueno, lo que queda de él, lo que supone una caminata de entre hora y media y dos horas (mucho menos dura que la anterior), o también está la opción de tomar un vehículo todoterreno que os dejará arriba por unos 30€ aproximadamente.
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Si se quiere subir a la cumbre (3.340 metros) hay que contratar un guía debido a la muerte de varios excursionistas en los últimos años, aunque he visto gente adentrarse por su cuenta y nadie les dijo nada… Nosotros nos quedamos ahí, puesto que en eso días había comenzado con la erupción y no era recomendable. Así que si se tiene buena forma física, ropa de abrigo y mucho cuidado, podéis intentarlo… pero añadidle al menos otra hora y media de caminata, eso sí.
En este punto seguimos el bullicio de gente que va a contemplar dos de los cráteres más turísticos de la zona En ellos observamos cómo las fumarolas expulsan de manera ininterrumpida los gases de azufre del interior de la tierra, que dependiendo del día, el olor puede llegar a ser insoportable.
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La sensación de andar por esos paisajes negros que parecen sacados de una película de ciencia-ficción es indescriptible. Os aconsejo que llevéis botas altas o incluso polainas, ya que de otro modo el calzado se os llenará de arenilla e incómodas piedras. La bajada la realizamos de nuevo a patita, esta vez resultando más cómoda, pues íbamos deslizándonos por la arenilla cual cabritillas, aunque igualmente lleva su tiempo.
Tras esta intensa pero increíble excursión, ponemos rumbo al hotel para descansar un poco y ducharnos, puesto que no contentos con el tute que le metimos a nuestras piernas, tuvimos que subir infinitos tramos de escaleras para llegar desde Naxos a la bella Taormina.
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Es el destino más turístico de la isla, en el que los griegos construyeron el teatro mejor conservado y con unas espectaculares vistas del Etna. Antaño era la localidad chic de Sicilia, donde venían a relajarse aristócratas y banqueros europeos, pero hoy es un lugar masificado que ha perdido parte del encanto. De todos modos merece la pena acercarse, pues está llena de rincones con encanto y preciosas placitas. Disfrutamos de un agradable paseo por sus empedradas calles, y pusimos punto final al día con una cena en una terraza con vistas al mar.

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