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Días 7-8

Tras un sueño reparador nos despertamos con las pilas cargadas para encarar la recta final del viaje, pasamos por Mesina, conocida por su estrecho y de la que no se puede decir que sea especialmente bella. Mucho ojo al bañarse en sus playas, puesto que nos picaron medusas y no veáis qué dolor!! Menos mal que llevábamos seguro de viaje… Nosotros lo contratamos siempre con Iati, que responde en español y muy rápido, y por ser lectores del blog os hacen un 5% de descuento al contratar aquí.
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Con los brazos “tatuados” por las medusas proseguimos hacia Milazzo, desde donde salen los ferries rumbo a las Islas Eolias, ya que queremos visitar Vulcano. La ciudad en sí no me pareció gran cosa, un mero trámite para llegar a las siete islas (Lipari, Alicudi, Filicudi, Panarea, Salina, Stromboli y Vulcano), volcanes submarinos que emergieron a la superficie hace dos millones de años y actualmente sólo los de Stromboli y Vulcano se encuentran activos.

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Tomamos el ferry hacia Vulcano, puesto que la distancia es perfecta para una excursión de un día,y nos disponemos a recorrerla a pie (ya sabéis que somos muy fans del andar). En apenas una hora de ascensión nos encontramos en la cima, eso sí, preparaos para los gases de azufre con olor a huevo podrido, pues con el viento se vuelven muy intensos e insoportables. Arriba de todo se abre la mejor panorámica del archipiélago, con Lípari y Salina en primer plano y Filicudi y Panarea recortadas en el horizonte.

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Otro de los puntos recurrentes de Vulcano son los baños terapeúticos de lodo caliente en el farallón de Levante, en las cercanías del desembarcadero, donde los turistas se cubren hasta el cuello mientras se tuestan al sol. Pero la experiencia tiene un precio, y es que aunque os duchéis, el olor de azufre tardará unos días en desprenderse y se impregna en el bañador y la toalla.

Día 9

Nuestro penúltimo día lo pasaremos en la localidad costera de Cefalú (otro de los puertos desde los que salen barcos para las míticas islas Eolias) que aún conserva su antiguo puerto de pescadores, con sus características casas colgadas sobre el mar. Callejeando por el casco viejo nos topamos con el lavadero medieval y la bellísima Puerta Pescara, desde donde podemos fotografiar uno de los más sugestivos paisajes de este lugar. Eso sí, a tener en cuenta que aparcar en Cefalú es verano es misión imposible, así que os recomendamos dejar el coche a las afueras.

Sus empedradas calles tienen un encanto especial, destacando la principal, donde se halla la magnífica Catedral árabe – normanda (s.XII), con sus mosaicos bizantinos y su bello claustro, el monasterio de Santa Caterina (actual Ayuntamiento) y el Palacio Episcopal. Aquí paramos a tomar un descanso en la terraza del Bar Duomo y pedimos una granita con brioche, a la cual nos enganchamos desde el primer día, sobre todo la de pistacho está increíblemente buena!!

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Para finalizar la visita a Cefalú realizamos la subida a la Rocca, (nos va la marcha, sí) la antigua ciudadela desde donde se divisa una mezcla de mar, piedra caliza, colinas onduladas y extensiones de olivos. Los normandos crearon en este lugar una de sus grandes fortificaciones, considerada una de las bases defensivas naturales más impresionantes del mundo.

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Para llegar al fuerte hay que subir por una larga escalera tallada en la roca. Aparte de torres y restos de murallas se encuentra el Templo de Diana, un santuario está construido con inmensas rocas encastradas, sin cemento ni hormigón del que se dice que fue construido en el 800 a. C.

Día 10

Volvemos al punto de partida, Palermo, esta vez para pasar una noche y descubrir la ciudad. A simple vista tiene un toque decadente que recuerda a Oporto, pobre y ruidosa, cuyos edificios en ruinas lucen paredes desconchadas.

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Destaca especialmente por su belleza la Catedral, en la que destaca el pórtico de 3 arcos y la meridiana solar, cuyo funcionamiento se basa en una abertura circular practicada en la octava cúpula de la nave derecha, cuyo diámetro es la milésima parte de su altura sobre el suelo. Cuando llegan la doce del mediodía un círculo dorado que se proyecta a través del techo hace brillar la raya de latón de la meridiana, marcando también la temporada del año y el signo zodiacal que le corresponde.

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La gran explanada situada enfrente es uno de los lugares más representativos de la Via Vittorio Emanuele, que conecta el casco antiguo (Quattro Canti) con el área de la Piazza Vittoria (Villa Bonanno, exterior Palacio de los Normandos) y de la Porta Nuova (Piazza Indipendenza).

De ahí pasamos a las catacumbas de los Capuchinos, una visita un tanto tétrica donde las momias están colocadas en hileras, tumbadas o colgadas y ordenadas por sexo, edad y condición social. La estrella del lugar es la niña de dos años Rosalía Lombardo, embalsamada en 1920 y cuyo cuerpo se conserva casi intacto aunque con cierto aspecto cerúleo.

Al caer la noche, algunos rincones de la ciudad como la Piazza Caracciolo se transforman. Durante el día hay un mercado tradicional que horas más tarde se convierte en un bullicioso puesto de comida callejera y se llena de gente de todo tipo, entremezclándose turistas y locales a partes iguales y cuyo ambiente recuerda un poco al Masalaña madrileño.

Al día siguiente por la mañana madrugamos para ir al colorido Mercado de Ballarò, donde el tiempo parece haberse detenido décadas atrás y los lugareños van a hacer la compra de alimentos frescos. Además también se pueden encontrar otro tipo de productos como ropa italiana del año de la polca, artesanía local, pinturas, esculturas, piezas de joyería y madera tallada.

Merece mención especial la comida callejera, donde se sirven platos tradicionales sicilianos como los panelle (una especie de fritura hecha de harina de garbanzo), la berenjena frita y las bolas de arroz fritas rellenas de carne y queso (Arancini).

De ahí partimos a Monreale, situada a 15 kms de Palermo, cuya imponente Catedral árabe – normanda es una de las maravillas del medievo y uno de los más bellos ejemplo de arquitectura normanda de Sicilia junto con Cefalú.

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Los mosaicos del interior necesitaron 2.200 Kg de oro y cubren unos 6.500 metros cuadrados, entre los que sobresale un enorme pantocrátor. Fueron finalizados en 1182 y participaron artistas griegos, bizantinos sicilianos y probablemente artistas venecianos enviados por el Papa para los mosaicos posteriores de la nave y los muros.

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Está abierta todos los días, excepto durante el servicio religioso, y la entrada a la parte principal del edificio es gratuita. Para visitar la cámara del tesoro y el claustro, hay que pagar una tarifa adicional que se puede adquirir aquí y aquí La catedral está ubicada en el centro de Monreale y es fácil llegar a ella desde Palermo en autobús, el problema es cuando se va en coche, puesto que es difícil aparcar, especialmente en los meses de verano.

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Después de la visita descansamos un rato en la Piazza Guglielmo, con sus palmeras, bares y tiendecitas con encanto y antes de marchar hacemos una breve parada en el Belvedere, donde hay unas vistas magníficas de todo el golfo de Palermo.

Para poner broche final al viaje paramos en la playa de Mondello, y la de San Vito Lo Capo, situada en la Reserva Natural dello Zingaro, donde nos damos nuestros últimos chapuzones antes de volver a casa.

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