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El aumento de vuelos lowcost y de escalas en cruceros, han acercado este fantástico destino a un gran número de viajeros, entre los cuales nos incluimos. Nuestra primera visita a Estambul (y esperemos que no sea la última) fueron 4 días, y además durante el Ramadán, que resultó toda una experiencia que os contaremos a continuación.

Este tiempo es suficiente para conocer los lugares más importantes de la ciudad y disfrutar de sus calles y barrios más interesantes. La antigua Constantinopla es un lugar lleno de contrastes y detalles que requieren verlo a pie, yendo de un lado a otro visitando los monumentos sin prisas y dejándose llevar por la magia que envuelve el ambiente. Si habéis leído alguno de nuestros posts, sabréis que somos de caminar mucho y de ir descubriendo los lugares al azar.

Día 1

El primer día fue realmente agotador, no quedó una mezquita en todos los alrededores sin visitar, dejando para el final las más conocidas.

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La primera es la imponente mezquita de Süleymaniye, la mezquita más grande de la ciudad. Se erige en un emplazamiento que domina el Cuerno de Oro con magníficas vistas de la ciudad. Forma parte de un complejo que incluía un caravanserai, un hammam, cuatro madrasas, un hospital público, una escuela pública, y un comedor de beneficencia (que actualmente aloja a un restaurante).

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La mezquita original fue destruida por varios incendios a lo largo de su existencia en 1660, y la que podemos ver actualmente es una reconstrucción de 1956, donde se ha tratado de respetar el diseño y la decoración originales. En sus jardines se alzan la tumbas del sultán Suleimán el Magnífico, una de sus esposas, sus hijas y su madre.

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La entrada es gratuita y para llegar hay que tomar el tranvía T1, parada Eminönü o Laleli-Üniversite.

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Cerca se sitúa otra mezquita encargada por Suleimán, la de Şehzade o de los Príncipes, encargada en honor a su hijo favorito, muerto a temprana edad en extrañas circunstancias.

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Muy parecida en aspecto a otras de la ciudad, sólo que está menos transitada y se puede disfrutar en ella de un ambiente más auténtico. Justo detrás se puede ver una sección casi intacta de 625 metros de largo del acueducto Valente. 

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Está formado por dos filas de arcos de piedra y tiene un ancho de ocho metros. Hoy es uno de los principales signos del escaso patrimonio bizantino que queda en Estambul junto con Santa Sofía, la Cisterna Basílica y las murallas de Constantinopla.

Continuamos por el barrio de Fatih, el primero en ser conquistado por el sultán Mehmed II el Conquistador (significado también del nombre del barrio) y uno de los más grandes de Estambul. También se lo conoce como el «verdadero Estambul» o el «primer Estambul». El ambiente es mucho más tradicional y poco turístico, donde se puede ver la realidad del día a día de sus habitantes.

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Situada en una de las cuatro colinas de Estambul está la Mezquita de Fatih, en la que se encuentra el mausoleo del sultán Mehmed II. Rodeada por un espléndido patio barroco, destaca por su gran cúpula de 26 metros de diámetro y por las semicúpulas que la rodean. Cuenta además con dos minaretes con balcones y en su patio interior podréis ver la fuente de abluciones.

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Recorrer las avenidas Fevzipasa caddesi y Marcar Kardesler caddesi es toda una experiencia para los ojos, ya que está lleno de tiendas especializadas en vestidos de novia y fiesta que son de todo menos sencillos.

Durante el mes de Ramadán en la pequeña mezquita de Hirka-i Serif, se muestra al público una túnica de Mahoma. Entramos un poco por casualidad, ya que no había indicaciones de ningún tipo y sólo se veían locales, con lo que pensamos que no nos dejarían entrar. Pero un amable vendedor nos contó que era posible visitarlo y así lo hicimos.

Lo que es la mezquita en sí no merece mucho la pena, al menos cuando fuimos nosotras estaba medio en obras – medio en ruinas, y apenas pudimos ver la túnica del profeta, nos íbamos dejando llevar por la riada de mujeres que estaban en la cola. La experiencia fue curiosa, un par de guiris españolas y ateas metidas en una mezquita para ver un objeto de culto sagrado, así que si tenéis la ocasión os lo recomiendo, ya que es algo nada turístico y os puede acercar más al día a día de los habitantes de la ciudad.

San Salvador de Cora o en Chora, con sus frescos y mosaicos perfectamente conservados, es uno de los más bellos ejemplos del arte bizantino que pueden encontrarse en el mundo y que no tiene nada que envidiar a Santa Sofía. Como curiosidad, Chora significa «fuera de la ciudad», y es que la iglesia se construyó en la parte exterior de las murallas de la antigua Bizancio.

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Tras la conquista de Constantinopla por el Imperio Otomano, fue convertida en Mezquita y los frescos se taparon con yeso, un detalle que pudo ayudar a conservarlos. En 1948 comenzó su restauración y diez años más tarde fue abierta al público como museo (Kariye Müzesi).

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Considero que es una visita imprescindible, pero es cierto que no es fácil de acceder, dado que no llega el tranvía ni el metro (nosotras aprovechábamos que estábamos de paseo y nos metimos una caminata que nos dejó exhaustas) y además el precio de la entrada es un poco alto (aproximadamente 30 TL, 10 euros), por lo que si no queréis pagar un taxi o caminar mucho, os recomiendo que la dejéis de lado y veáis sólo Santa Sofía.

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Otra parada imprescindible es la mezquita de Rüstem Paşa, situada en Eminönü, al lado del Bazar de las Especias. Está construida sobre una plataforma en alto, ya que en los bajos están situadas varias tiendas que contribuían a su financiación con el pago del alquiler. Es por esto también que si no sabes que tienes que meterte por los soportales y subir unas escaleras, puede pasar desapercibida entre el entramado de calles y puestos.

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Su atractivo reside en el interior, lleno de azulejos de İznik en tonos azulados y rojizos que representan una gran variedad de motivos florales y geométricos.

Muy cerca del Puente de Gálata y a escasos metros del Bazar de las Especias se encuentra la Mezquita Yeni Camii o  Mezquita Nueva. Se alza en pleno Cuerno de Oro, formando una estampa de postal, con sus espectaculares bóvedas y sus dos minaretes dominando el horizonte. Su interior no desmerece, con sus magníficas vidrieras, azulejos de Íznit, oro y mármol.

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Después de tanto caminar, hacemos un alto para comer y descansar, ya que por la tarde nos quedan los «pesos pesados» de la ciudad: Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Santa Sofía (Aya Sofya)

Visitada por millones de turistas cada año, es el monumento más esplendoroso del arte bizantino. Fue la catedral con mayor superficie del mundo durante casi mil años, hasta que se completó la obra de la catedral de Sevilla en 1520 y es la cuarta iglesia del mundo con un área cubierta más grande, después de San Pablo (Londres), San Pedro (Roma) y el Duomo (Milán).

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Su interior es sobrecogedor, tanto por las dimensiones, como por la atmósfera que se crea a través de la iluminación, los medallones, las columnas de mármol y sus mosaicos hechos a base de vidrios sobre hojas de oro, que no dejan a nadie indiferente. El mosaico más destacado muestra al emperador Constantino y a la emperatriz Zoe adorando a Cristo.

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Los lunes está cerrado, así que tened en cuenta los horarios a la hora de planificar vuestra visita si no queréis llevaros un chasco. De martes a domingo puede visitarse de 9 a 17 horas en horario de invierno (del 1 de octubre al 15 de abril) y de 9 a 19 horas en horario de verano (del 16 abril al 30 de septiembre).  La entrada cuesta 40 TL y se puede comprar aquí.

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Está situada frente al Palacio de Topkapi y la Mezquita Azul. La forma más cómoda de llegar es tomando el tranvía y bajando en la parada de Sultanahmet. Desde aquí podréis ir andando siguiendo los paneles indicativos ya que está a muy poca distancia.

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La Mezquita Azul  o Sultanahmed Camii es otra de las más famosas y visitadas por los turistas que viajan a Estambul. Su nombre se debe al color azul vivo de los más de 20.000 azulejos de Iznik que componen los mosaicos que decoran las cúpulas y la parte superior.

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La iluminación proviene de sus más de 200 vidrieras alineadas en 5 niveles y de las lámparas de araña que cuelgan del techo, consiguiendo una filtración de luz espectacular que deja impresionado a quien la visita. Es la única de toda Turquía que posee 6 minaretes, lo que le da un valor añadido frente al resto de mezquitas.

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Está situada frente a la Iglesia de Santa Sofía y muy cerca del Palacio Topkapi, de hecho, este fue uno de los motivos principales por los que se eligió este lugar para su construcción. Su entrada es gratuita y abre todos los días de 9 a 18 horas.

Día 2

Cruzamos el Puente Gálata para aventurarnos a conocer uno de los barrios más populares de la ciudad: Beyoğlu. Durante años fue la zona elegida por los extranjeros para vivir en Estambul, de hecho, es también el barrio donde pueden verse edificios de las antiguas embajadas de diseño clásico y art nouveau.

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Otra actividad muy recomendable es subir a la Torre Gálata, una torre de 61 metros situada encima de la colina de mismo nombre, que domina el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de oro.

Construida como elemento de protección frente a los posibles ataques, hoy en día se ha convertido en uno de los puntos más visitados de la ciudad por las vistas panorámicas que ofrece de Estambul, convirtiéndose en un lugar ideal para realizar fotos.
Abre todos los días de 9 a 18 horas y su precio es de 25 liras turcas.
Nosotras decidimos no subir y adentrarnos en el barrio de Taksim, una zona con gran contraste cultural en cuanto a la mezcla de estilos arquitectónicos de los distintos edificios, y a la gente que recorre sus calles.
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El corazón del barrio es la gran plaza Taksim, uno de los núcleos importantes de Estambul. En ella se encuentra el Monumento a la Independencia, un grupo escultórico que representa al líder Atatürk junto a otras figuras del nacionalismo turco.

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Desde allí parte la Istiklal Caddesi, una calle peatonal por la que pasa un antiguo tranvía que parece sacado de otra época y que prácticamente ha quedado para fines turísticos. Aquí se encuentran algunos edificios de embajadas y lujosos hoteles, pero lo más destacado es su intensa actividad comercial, lo que yo denomino «calle de las compras».

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Los precios son los mismos que en España o incluso más caros, con lo que no esperéis encontrar alguna «ganga» en esa zona. A mitad de la calle están las elegantes galerías Çicek, un pasaje cubierto lleno de tiendas, bares y cafeterías. Pese a su modernidad, junto a los establecimientos “occidentales” también hay zonas de pequeñas calles con soportales que esconden típicos cafés tradicionales con mucho encanto.

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Tras un elegante pórtico de triple arco y galería en esta misma calle, nos encontramos con una sorprendente fachada de la Iglesia de San Antonio de Padua, en ladrillo rojo y de estilo neogótico veneciano. Es un lugar de encuentro de los católicos de Estambul y aquí se imparte misa en distintos idiomas (turco, polaco, italiano e inglés). Resulta curioso encontrar un símbolo católico entre tanta mezquita, así que merece al menos un vistazo rápido.

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Por la tarde fuimos a visitar el bohemio barrio de Ortaköy, situado en el distrito de Besiktas, en la orilla europea del Bósforo. Está lleno de vida, con sus casitas de colores, puestos callejeros de souvenirs, comidas típicas, artesanía, etc.

 Es menos turístico que otras zonas de Estambul y ahí es donde radica su encanto. Aprovechad para tomaros un buen té turco en una de las numerosas terrazas que asoman al estrecho o un kumpir, especialidad turca que consiste en una patata al horno con todo tipo de rellenos.
Su mezquita merece una mención especial. A orillas del Bósforo, casi tocando el agua y con el puente del mismo nombre como telón de fondo, forma una de las estampas más bellas que podrás ver en la ciudad.
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La mezquita de Ortaköy tiene una hermosa cúpula con dos altos minaretes y una fachada decorada con detalles esculpidos, propios del barroco otomano. En su interior destaca el color rosado de su cúpula, y las paredes de delicados mármoles. Como curiosidad, esta mezquita no fue antaño solo un lugar de oración, sino que una parte de su estructura era utilizada como palacio de verano del sultán.

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Para llegar hay que coger la línea 1 del tranvía hasta Kabataş , justo ahí hay una parada de autobuses, donde tendréis que tomar el que pone Ortaköy (nº40). Otra opción dada la situación de la mezquita, a orillas del Bósforo, es llegar en uno de los barcos que salen desde el puerto de Emiönü y llegan hasta Ortaköy.

Y para terminar el día, tomamos un ferry en Emiönü (1,5 liras) que nos dejó en la parte asiática y dirigirnos a Üsküdar para ver el atardecer. La mejor zona para ello está caminando desde el puerto hacia la derecha unos 10 minutos en paralelo al mar, allí veréis lo que se conoce como el café de las alfombras, unas gradas de cemento con alfombras y cojines en el suelo y unas cuantas mesas en primera línea de mar. No tiene pérdida, ya que es un sitio muy popular y veréis un montón de gente allí, esperando a que comience el maravilloso espectáculo natural con un té o un refresco en la mano.

Día 3

Uno de los barrios más tradicionales de la ciudad es sin duda Eyüp. Situado fuera de las murallas de la Antigua Constantinopla, sus casas de madera, los puestos comerciales y la mezquita, forman un conjunto de lo más entrañable. En el pasado, los fieles querían ser enterrados allí, con lo que la ladera del monte Eyüp se convirtió en un gran cementerio.

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Para subir a lo más alto, tomamos el teleférico, que nos deja cerca del popular Café Pierre Loti, conocido porque tiene las mejores vistas de la zona.

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¿Y de dónde viene este nombre tan poco turco? Pues éste era el seudónimo que usaba un novelista de origen francés llamado Julien Viaud, que acudía frecuentemente a este café para inspirarse y escribir sus obras, algo entendible dado lo emblemático del lugar.

Bajamos andando por un agradable camino que pasa en medio de un cementerio lleno de tumbas musulmanas grisáceas, con su vegetación y sus bancos, que invitan a descansar y a pararse a tomar fotografías.

Después nos pasamos por el Museo Mevlevi, en Beyoğlu, que nos muestra la historia, la forma de vivir y objetos de los derviches giradores, que así mal explicado, son esos señores con faldas y sombrero alto que dan vueltas.

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Se trata de una forma de meditación sagrada cuyo objetivo es llegar al éxtasis a través de una ceremonia llamada Sema, que consiste en una danza masculina acompañada por música de flauta y tambores. Los danzantes, giran sobre sí mismos con los brazos extendidos, simbolizando «la ascendencia espiritual hacía la verdad, acompañados por el amor y liberados totalmente del ego».

En las propias instalaciones del museo hay espectáculos todos los sábados y domingos, aunque el precio nos pareció un poco caro y decidimos no ir.

Dirigimos nuestro paso al Bazar de las Especias, también llamado Bazar Egipcio (Mısır Çarşısı), uno de los mercados más antiguos de Estambul e ideal para comprar productos típicos como especias, dulces o frutos secos. Se encuentra en Eminönü, a escasos pasos del Puente de Gálata. Se construyó al mismo tiempo que la Nueva Mezquita y adyacente a ésta con el objetivo de mantenerla económicamente, como ya contamos anteriormente.

Tiene forma de L y cuenta con 6 puertas de entrada, y visitarlo es todo un placer para los sentidos. El nombre de Bazar Egipcio proviene de cuando Estambul marcaba el final de la ruta de la seda y era el centro de distribución de toda Europa. Durante el siglo XV, las especias llegaban de la India y el sudeste asiático hasta Egipto, y desde aquí a Estambul por el Mar Mediterráneo.

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Y como de bazares va la cosa, no podíamos dejar pasar una visita al Gran Bazar de Estambul (Kapalıçarşı). Situado en el centro de la ciudad vieja, en la parte europea de Estambul, tiene más de 58 calles y 4.000 tiendas.

Los comercios se agrupan por tipo de actividad, en plan gremial, donde destaca la joyería, orfebrería, tiendas de especias y tiendas de alfombras. Allí, cientos de vendedores os estarán esperando con ansia negociadora, así que ya sabéis, armaros de paciencia y sacad vuestro lado más regateador.

Día 4

Cogemos el tranvía para llegar a la céntrica plaza de Beyazit, centro neurálgico del animado barrio del mismo nombre. Allí podremos encontrar el edificio que actualmente es la biblioteca de Estambul y, en el extremo opuesto la puerta que da acceso a la Universidad.

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La mezquita recuerda bastante a Santa Sofía, con su gran cúpula central y sus minaretes. Lo más interesante es su hermoso patio interior, con suelo de mármoles de distintos colores y un elegante pórtico que lo rodea. Su planta es de cruz latina invertida, y del interior destaca el revestimiento de paredes y cúpulas con mosaicos de cerámica que crean originales diseños.

Además hay relieves y antiguas escrituras otomanas que embellecen el amplio espacio. Detrás de la mezquita se sitúa el mausoleo del sultán Beyazit y su familia en roca caliza verde.

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Y cómo fue el Ramadán? Pues he de reconocer que tenía mis miedos a encontrar todo cerrado y a no poder comer, con lo que a mí me gusta!! Pero afortunadamente no pasó nada de eso, sino mas bien al contrario. Todas las tiendas, restaurantes y atracciones turísticas estaban abiertas, de hecho, algunas abrían sólo en esta fecha, así que por esa parte todo fue genial.

Lo que más me gustó fue la enorme fiesta que se montaba cada día al caer el sol. Cientos de familias se agrupaban en un parque cercano a nuestro hostel cargados con mantas y un montón de comida para hacer un picnic multitudinario. Familiares, amigos y vecinos se juntaban para compartir y disfrutar platos típicos de esta época, los niños jugaban y había espectáculos de música y baile.

Para nosotras fue casi mágico, así que no tengáis miedo de que vuestro viaje coincida con esta fecha, ya que no supone ningún problema, y os aseguro que podréis disfrutar de algo único e inolvidable.

 

Como veis, 4 días dan para mucho si os organizáis bien. Espero que este itinerario os ayude a diseñar vuestro viaje y que disfrutéis mucho de la ciudad, que merece la pena!!

Y si os he convencido y vais a empezar a organizar vuestro viaje, os recomiendo las ofertas de Booking, tienen un montón de sitios geniales a buen precio 😉

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