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Edimburgo está plagada de historias de fenómenos paranormales y apariciones espectrales que se han mantenido en el tiempo desde la antigüedad hasta nuestros días. Una buena forma de conocer esta parte oscura de la capital escocesa es haciendo uno de los numerosos «tours de fantasmas», en los cuales nos cuentan truculentos sucesos a medio camino entre la realidad y la leyenda…

Saliendo de la Royal Mile, comenzamos metiéndonos en un close, donde nos introducen la situación de la ciudad en el siglo XVII, donde la Old Town alcanzó niveles de superpoblación críticos, haciendo de ella una zona insalubre para vivir.

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Como no había espacio físico para construir, las viviendas llegaron a alcanzar los 14 pisos de altura, y los callejones se estrecharon al máximo, formando los closes, sucios y oscuros, que dieron lugar a la primera leyenda: Annieuna niña que contrajo la peste y fue abandonada por su familia en el Mary King’s Close.

Esta niña llora desconsolada porque perdió su muñeca hace cientos de años. Muchos de los visitantes suelen llevar muñecos, golosinas o juguetes para consolarla y que deje de vagar por los callejones. Todos los muñecos que llevan los visitantes son donados para los niños que más lo necesitan.

La segunda parada del tour se realiza en North Bridge, también conocido como el Puente de los Muertos o el Puente de los Suicidas. Construido para unir la ciudad vieja (donde vivían hacinados los pobres) con la ciudad nueva, donde los ricos se habían construido sus mansiones.

Entonces, ¿de dónde viene ese nombre? El de puente de los muertos se debe a que cien años después de su construcción se derrumbó y mató a varias personas. Fue reconstruido y para superar este mal momento se decidió que haría una fiesta en su reinauguración y la primera persona que lo cruzaría sería la persona más anciana de la ciudad.

Pero la casualidad quiso que la mujer muriese el día anterior. Dado que la fiesta era para quitarle la mala fama al puente, pensaron que comunicar este hecho contribuiría a aumentar su mal nombre, así que ni cortos ni perezosos decidieron vestir, maquillar y atar a la señora en un carruaje para que cruzara el puente como estaba previsto.

Pero la gente no es tonta y se dieron cuenta, con lo que el nombre del puente de los muertos no sólo no desapareció sino que se quedó grabado, y los ciudadanos intentaron evitar cruzarlo dando un rodeo por Cowgate.

Lo de puente de los suicidas viene dado por sus características, su altura unida a que se encuentra sobre las vías del tren hace que sea muy popular entre los que quieren quitarse la vida. Para evitar esto se plantearon varias opciones:

  • Mamparas de metacrilato que impidieran el salto. Se descartó por parte del Patronato de Turismo que no quería echar a perder la vista de la ciudad que hay desde allí.
  • Una estructura metálica con redes. Se descartó porque los habitantes de la ciudad son muy dados a beber y a la juerga y los fines de semana seguro que más de uno se tiraría a lo loco quedándose enredado cual atún.

De momento la solución actual es la colocación de una serie de carteles de una asociación de ayuda con un número de teléfono, una especie de teléfono de la esperanza de pago.

Cruzamos el puente con sumo cuidado para llegar al Old Calton Cemetery, donde se encuentran enterrados algunos de los personajes más famosos de la ciudad como el filósofo David Hume o el pintor David Allan.

 

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En el cementerio hay un par de faros de almas. Se trata de construcciones que ayudan a los muertos a regresar a su lugar de origen, o esa es la idea. Una de estas construcciones es una estatua de Abraham Lincoln que sirve de faro para todos los soldados escoceses que murieron durante la Guerra de Secesión.

La otra es el obelisco dedicado a los mártires de la política, un gran obelisco erigido en homenaje a cinco reformistas del siglo XVIII muertos por motivos políticos. Estos habían tratado de promover una reforma liberal en el gobierno británico de aquel entonces, pero fueron apresados y enviados a Australia (la prisión británica por excelencia por aquel entonces), y varias décadas después estos cinco revolucionarios comenzaron a ser considerados mártires de la política de un régimen arcaico.

A mediados del XIX se erigió este monumento en su memoria de casi 30 metros de altura, representando de forma simbólica un faro que guía a sus almas de vuelta a casa.

Junto a la estatua de Lincoln se encuentra el mausoleo de David Hume. Una construcción redonda y sin techo. El día de su muerte, sus compañeros de la logia masónica entraron en el mausoleo y organizaron una celebración con fuegos artificiales.

Uno de los puntos culminantes del cementerio es la tumba de David Allan, un pintor escocés de la segunda mitad del siglo XVIII. Debido al uso de utensilios de cocina de cobre, la catalepsia era una dolencia muy extendida en aquella época. Consiste en una reducción de las constantes vitales hasta tal punto que parece que el enfermo ha muerto. En aquella época las “comprobaciones” no eran muy exhaustivas y muchos de estos enfermos acababan despertando dentro de sus ataúdes. Decían que el 40% de las tumbas movidas para la construcción de la carretera tenía marcas de arañazos en su interior!

Llegados a este punto se colocó una campana al lado de la tumba. Se enganchaba a una cuerda que a su vez se ataba a la mano del muerto de modo que si se despertaba y se movía, la haría sonar y alguien se encargaría de sacarle. Y de ahí procede la conocida expresión Salvados por la campana.

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Fuente: diezdiasenescocia

Uno de los que se supone que arañó la tapa fue David Allan. De hecho se considera que su última obra está colocada directamente tras su lápida, puesto que se aprecian unas manchas que parece una cara en pleno grito de angustia…

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Fuente: loquedicecandela

Otra de las tumbas más conocidas es la de los padres del capitán John Gray, en ella puede apreciarse un barco bajo el que se representan una calavera, una figura masculina y otra femenina (sus padres). Se dice que este hombre era pirata, y que el origen de la bandera con la calavera y los fémures cruzados vino de la época de la peste. Señalaban con esta calavera las tumbas de las víctimas de la peste para identificarlas rápidamente y que todo el mundo se mantuviera alejado por si acaso. Entonces adoptó este símbolo para que cuando viesen de lejos tal imagen ondeando en el mástil del barco pensasen que estaba en cuarentena y lleno de gente infectada y por tanto evitaban acercarse a él.

Entre Calton Road y Regent Road se encuentran las escaleras del infierno, Jacob’s ladder, que son unas escaleras que llevan a la zona de la estación de tren. Reciben este macabro nombre porque en el primer tercio del siglo XIX trasladaban por allí cadáveres para venderlos para su estudio en la universidad.

La Universidad de Medicina de Edimburgo por aquel entonces gozaba de gran prestigio, basado principalmente en la práctica. Pero para ello necesitaban cadáveres sobre los que experimentar. Principalmente se nutrían de los resultados de las ejecuciones públicas, pero cuando éstas disminuyeron, apenas había dos o tres cuerpos al año para todos los estudiantes.  Y como no estaban dispuestos a perder su status, comenzaron a comprarlos a gente que se dedicaba a robarlos de los cementerios.

Los ladrones de cadáveres desnudaban a sus víctimas y les quitaban todo lo de valor que llevasen encima. Para evitar que las tumbas fueran profanadas y los cadáveres robados, se construían los mausoleos con techos de reja, y aquellos que no podían permitirse pagarlas, las alquilaban al ayuntamiento hasta que el cuerpo se pudría.

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Y esto nos lleva a la historia de los asesinos más famosos de la ciudad: Burke y Hare. Ambos eran inmigrantes irlandeses que llegaron a Edimburgo en busca de trabajo y se conocieron en una pensión en la calle Victoria.

Una noche encontraron a la dueña de la pensión llorando cuando volvieron a casa, ya que uno de los huéspedes había muerto dejando una deuda de cuatro libras, que era mucho dinero en aquella época. En vez de dar parte a la policía decidieron vender el cadáver a la universidad, para intentar recuperar algo de dinero. Y cual fue su sorpresa, que les pagaron siete libras y diez chelines, así que ahí se les encendió la bombilla y decidieron entrar en el negocio de la venta de cuerpos para la investigación.

Así que empezaron a buscar huéspedes con problemas de salud para ver si morían y cobraban de nuevo una buena suma, pero como esto no sucedía, empezaron a impacientarse y decidieron «agilizar» el proceso. La siguiente víctima fue un inquilino enfermo, a quien emborracharon con whisky y asfixiaron, y cuando ya no quedaron más inquilinos enfermos, decidieron salir a la calle.

Mendigos, borrachos, prostitutas y gente que nadie reclamaría eran su objetivo, y el modus operandi era siempre el mismo: emborrachaban a la víctima para luego asfixiarla tapándole la nariz y la boca, técnica que recibió el nombre de burking, en honor a su creador.

En un año y medio mataron a 17 personas y vendieron sus cuerpos a la universidad, en concreto al doctor Robert Knox, que estaba encantando con dicho suministro para poder experimentar. Todo marchaba viento en popa, hasta que un día, un matrimonio (los Gray) que se alojaba en la pensión por unos días sospecharon de la repentina desaparición de una huésped con la que habían estado charlando el día anterior.

Aprovecharon un momento en que se quedaron solos para registrar su habitación, y allí encontraron a la pobre mujer cubierta por un montón de paja bajo la cama. Horrorizados, decidieron ir a la policía, y en el camino se encontraron con la amante de Burke, quien intentó sobornarlos con parte del dinero de la recompensa, aunque sin éxito.

Hare se libró de la sentencia confesando y acusando a su compañero Burke, quien fue condenado y ajusticiado en la horca. Se dice que acabó sus días ciego mendigando por las calles de Londres. Sus compañeras regresaron a sus lugares de origen y se les perdió la pista, mientras que el doctor Knox perdió toda su fama y acabó sus días trabajando en un pequeño hospital de la capital inglesa.

Después de la muerte de Burke, su cadáver acabó como todos aquellos a los que había asesinado, donado a la universidad y diseccionado por un profesor de medicina y sus alumnos. Actualmente está expuesto para el público en las salas de ciencia de la Universidad de Edimburgo.

En el museo de la policía de la ciudad se puede ver una pequeña cartera hecha con la piel de la mano derecha de Burke.

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El tour acaba en el cementerio de Canongate, donde se encuentra la tumba del economista Adam Smith, pero como Edimburgo es una de las mecas del mundo de la parapsicología, os dejo unas cuantas anécdotas más.

Greyfriars y el fantasma de George Mackenzie

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En el cementerio de Greyfriars se encuentra enterrado George «Sangriento» Mackenzie. Como ya comentamos en nuestro post sobre Edimburgo, este hombre se encargó de buscar a los Covenanters, firmantes de un pacto contra el cambio del libro de liturgia de la Iglesia escocesa (en la que se obligaba a rezar al rey en lugar de a Dios) y encerrarles en una cárcel situada en el mismo cementerio. Su dedicación fue tal que recorrió el mundo en busca de torturas que utilizar con sus presos.

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Se comenta que este fantasma causa moretones y cortes en los que entran en contacto con él y muchos de los que visitan este cementerio han sentido extrañas sensaciones y desmayos. Y como ha habido más de 400 casos de testimonios de este tipo en la zona de la antigua cárcel, el Ayuntamiento decidió cerrar esa parte para evitar problemas.

Hay gente que dice que las fotos que sacan en dicho cementerio salen veladas, o con extrañas luces verdes… si os pasa esto os agradecería que nos lo comentaseis!! Después de la visita descubrí un par de arañazos en el brazo que no recuerdo haber tenido antes… ahí lo dejo.

Deacon Brodie, los orígenes del Dr Jekyll y Mr Hyde

Probablemente este nombre os sonará si habéis visitado la Royal Mile, puesto que hay un pub con su nombre que presenta dos curiosos carteles: uno vestido de ciudadano normal y corriente, y otro con un antifaz y una bolsa de monedas.

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William «Deacon» (diácono) Brodie era un respetable hombre de negocios que vivió en la capital escocesa en el siglo XVIII. Trabajaba como ebanista y cerrajero para las familias más ricas, pero como era aficionado al juego y las mujeres, el sueldo que obtenía no era suficiente para sostener esta doble vida. Aprovechando su profesión, sacó copias de las llaves para entrar por la noche en las viviendas a hurtadillas y robar a sus clientes.

Esta dualidad entre bien y mal inspiró a Robert Louis Stevenson para su novela El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr Hyde. La gente empezaba a inquietarse ante los robos, llamándolo con más frecuencia para que les instalase más cerrojos, ignorando que era él quien les quitaba el dinero.

Sintiéndose seguro, montó una pequeña banda de ladrones que actuaban bajo sus órdenes, hasta que un día los pillaron y lo delataron. Fue condenado a morir en la horca, que casualmente había diseñado él mismo el año anterior. El 1 de octubre de 1788 fue ahorcado, aunque cuenta la leyenda que sobornó al verdugo para que el ahorcamiento no fuera mortal, y consiguió burlar la muerte, dejándose ver años más tarde en París.

Los infanticidas de Stockbridge

En la época victoriana era habitual que los hijos ilegítimos de sirvientas y jóvenes muchachas se daban en adopción a cambio de una suma de dinero para evitar habladurías y escándalos. Así es como Jessie King y su pareja, Thomas Pearson, habitantes del barrio de Stockbridge, comenzaron a adoptar pequeños a cambio de recompensas.

Pero esta mujer pensó que era mejor quitárselos de en medio y seguir cobrando el sueldo que le daban por cuidarlos, ya que las familias se desentendían de los niños y normalmente no preguntaban nunca más por ellos.

Un día unos niños que estaban  jugando cerca de su casa descubrieron una bolsa con los restos de un bebé, y al entrar en el domicilio la policía comprobó que las habitaciones escondían otros dos pequeños cadáveres.

A pesar de que se cree que fue Thomas quien cometió los atroces crímenes, la joven se declaró culpable en un intento de salvarlo y en marzo de 1889 se convirtió en la última mujer ahorcada en Edimburgo.

Maggie Dickson, la medio colgada

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Maggie Dickson era una chica de clase media que se casó con un pescador. Con el tiempo, éste la abandonó, y ella se marchó de la ciudad para evitar la vergüenza e intentar rehacer su vida. Se quedó embarazada del hijo de su posadero, y por miedo a perder su trabajo (además de que técnicamente seguía casada) decidió ocultar su embarazo.

Al poco tiempo tuvo un parto prematuro y el bebé murió, por lo que intentó deshacerse del cadáver del pequeño en el río. Pero fue sorprendida por un hombre que no dudó en delatarla, por lo lo que la pobre Maggie fue condenada a muerte en la horca, curiosamente por ocultar su embarazo y no por adulterio.

Fue ahorcada públicamente en la horca de Edimburgo, situada en Grassmarket. Tras certificar su muerte, se procedió a trasladar el cadáver al cementerio pero de repente, del ataúd comenzaron a escapar gritos y lamentos. ¡Imaginaos el estupor al destaparlo y descubrir que Maggie Dickson seguía viva!

El pueblo estaba eufórico pensando que iba a ver una segunda ejecución, pero de entre la multitud un hombre gritó que según la ley escocesa, nadie podía ser condenado dos veces por un mismo delito, y como ya se le había aplicado su pena, tendría que quedar libre.

Y  además, como había estado muerta su matrimonio también se anuló, por lo que quedó libre para rehacer su vida de nuevo, pasando a ser conocida por todos con el sobrenombre de Half Hangit Maggie («Maggie la medio colgada»).

Cuentan que se casó con el hombre que la salvó de la muerte, y que se compró una casita donde ahora se sitúa un pub que lleva su nombre en Grassmarket.

Desde allí veía todas las ejecuciones, y todo el mundo esperaba a que hiciese algún comentario o gesto, e incluso los condenados le pedían consejos sobre cómo colocarse para evitar la muerte, aunque dicen las malas lenguas que su supervivencia se debió a la amistad que tenía con el verdugo…

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